
JUAN BOLEA, periodista
y escritor. Nació en Cádiz en 1959, pero reside en Zaragoza. Se dedicó a la
política antes que a la prosa. Su última novela, El manager, muestra el
gusto del autor por James Ellroy.

Sergio Doménech acababa de cumplir veinte años. Era
de Bolscan. Hijo de un profesor de literatura. Había comenzado a estudiar
periodismo con el vago propósito de hacerse escritor. Al término del primer
curso, por sus malas calificaciones, no pudo obtener beca de verano, pero al
año siguiente lo consiguió. El jurado de la Asociación de la Prensa le destinó a
la redacción de El Comercial, en Argenta.
Nunca
había estado en el sur de la región. Con su puerto de mar y su suave clima
marítimo, Bolscan nada tenía que ver con la seca y aislada Argenta. Cuando un
autobús de línea lo dejó en la terminal, y salió a las calles abrasadas por el
sol, Sergio empezó a sudar.
Para
hospedarse, su padre le había conseguido una barata habitación en un colegio
mayor. Sin perder tiempo, dejó la maleta y se presentó en el periódico. Estaba
deseando empezar. Soñaba con ver su nombre en negras, encabezando grandes
reportajes a siete columnas.
Eran
las doce del mediodía, pero la redacción estaba casi desierta. Lo recibió uno
de los redactores-jefes. Un hombretón de intimidatoria presencia, vestido con
un pantalón de tergal gris y una camisa blanca de mangas cortas, con cercos de
sudor.
—Lecuona
—le dijo, sin levantarse de su mesa.
—Sergio...
—Doménech,
ya sé. A local. Por aquí.
El
redactor-jefe se levantó con pesadez, fumando un apestoso cigarro, y lo
precedió por la sala. El departamento al que le habían asignado constaba
materialmente de cuatro mesas en forma de cruz, un ordenador por cada tablero
y, colgando del techo, un enorme ventilador de aspas de madera.
—Acaba
usted de empezar —le dijo Lecuona, señalándole una de las desvencijadas
sillas—. Pienso hacerle responsable de unas cuantas secciones. No se quejará:
agenda, convocatorias, cortes de agua, parte policial, redacción de esquelas.
Horario de tarde, de cuatro al cierre. Tráigase el bocadillo, aquí no hay
servicio de cafetería. Si por las mañanas quiere venir, es cosa suya. No por
eso firmaré un informe favorable.
La
faria se le había apagado. Lecuona se puso a encenderla.
—¿Puedo
hacerle una pregunta, Doménech?
Sergio
se había sentado. Volvió a levantarse, con tanta brusquedad que derribó la
silla. Lecuona sonrió torcidamente:
—¿Está
nervioso?
—Un
poco.
—Siéntese.
La pregunta es: ¿Por qué ha elegido meterse en esto?
—Me
gusta escribir —repuso Sergio, levantando la silla del suelo.
—¿Se
refiere a componer versitos?
—Deje
en paz al chico, Lecuona.
Un
majestuoso anciano se les acercaba entre las mesas. Caminaba con dificultad,
apoyándose en un bastón.
—El
señor Vázquez de Luco, el subdirector —lo introdujo Lecuona.
—Mucho
gusto —murmuró Sergio, impresionado. Había leído algunos artículos suyos. El
viejo escribía diariamente, en la contraportada, bajo una foto en la que
parecía bastante más joven. El becario volvió a levantarse, con la cara
encendida.
—Siéntate,
hijo. Os he oído hablar. Decías que te gusta escribir.
—Así
es, señor —repuso Sergio, permaneciendo en pie.
—También
a mí. Yo empecé como reportero, hará... Varias décadas. Usted no había entrado
aún, Lecuona.
—Desde
luego que no, don Leandro.
—Me
dieron una oportunidad, y la aproveché. ¿Tú podrías hacer lo mismo, hijo?
—Creo
que sí.
—¿Tener
un reportaje de color listo en, digamos, un par de días?
Sergio
asintió, sonriente.
—Buen
muchacho. Asígnele un fotógrafo, Lecuona.
—No
hará falta, señor. He traído mi propia cámara.
Vázquez
de Luco le dirigió una mirada aprobatoria.
—Sal
ahí afuera y tráenos algo que valga la pena.
Lecuona
regresó a su mesa, atestada de papeles. Sergio cogió su mochila, con el
cuaderno de notas y la máquina de fotos, y salió a las calles de Argenta. No
tenía la menor referencia de la ciudad. Compró un helado, para combatir el
calor, y anduvo al azar por el casco viejo. Habló con algunos personajes que le
parecieron originales, un mimo, un trilero, una cigarrera, árabes en busca de
trabajo, pero no le pareció que ninguno atesorase una historia lo bastante
buena como para impresionar al viejo subdirector. "Y para darle por ahí a
Lecuona", pensó, riendo solo.
Sus
pasos le llevaron hasta el Mercado de Abastos. Entre el murmullo de la gente y
los reclamos del vendedor de cupones, oyó cánticos religiosos. Las voces
procedían de un local vecino. Sobre la puerta, toscas letras rezaban:
"Hijos de Yahvé". Entró. Un centenar de personas se amontonaban en
una sala sin ventanas. La temperatura era asfixiante. Al fondo, tras una
especie de improvisado altar, un predicador entonaba salmos. Los fieles, en su
mayoría gitanos, coreaban alabanzas. Se quedó en un rincón, fascinado. Cuando
el oficio concluyó, se acercó al predicador.
—Doménech,
de El Comercial —se presentó, resuelto.
—Bienvenido
seas, hermano, en el nombre del Señor —repuso el predicador, que procedía a
despojarse de una túnica bastante sucia. La recogió, junto con los libros
sagrados, en una bolsa deportiva, y añadió—: Dios está en todas partes. También
en ti. Pero para gozar de su rostro debemos practicar la humildad. ¿Posees tú
esa virtud, hermano Doménech?
El
becario repuso con rapidez:
—Me
gustaría escribir sobre los "Hijos de Yahvé". Puedo hacerlo con
humildad, si usted quiere.
El
predicador esbozó una sonrisa.
—Soy
Antonio, tan sólo un diácono. Pero mañana estará con nosotros nuestro pastor,
el hermano Isaías. Él sí está autorizado.
—Podemos
ir ganando tiempo. Hábleme de él.
—¿Del
hermano Isaías? ¿En serio no le conoce?
—¿Por
qué tendría que conocerle? ¿Ha hecho algún milagro?
El
diácono cargó la bolsa deportiva. Sonrió de nuevo, esfumadamente.
—Vuelva
usted mañana, hermano Doménech.
Sergio
pasó la noche en vela, anotando impresiones. "Color", se insistía,
emulando a Vázquez de Luco. Por la mañana estuvo un rato en el periódico,
saludando a otros redactores. A primera hora de la tarde, bajo un sol
abrasador, estaba haciendo guardia ante la secta de los Hijos de Yahvé.
Cuando
el modesto templo estuvo abarrotado ocupó el mismo rincón del día anterior. El
olor a humanidad era tan fuerte que apenas se podía respirar. Las primeras
filas de fieles, dirigidas por el hermano Antonio, comenzaron a entonar salmos.
Una
puerta oculta por un biombo dio paso al hermano Isaías. Era calvo, grueso.
Llevaba una túnica blanca con el ojo de Yahvé dibujado a la altura del pecho.
Se
hizo un silencio. Con voz alta y grave, el hermano Isaías habló a los
presentes:
—Sólo
los más humildes entrarán en el Reino de Dios. La hoja que cae del árbol y es
barrida por el viento entrará en el Reino de Dios. El pájaro herido entrará en
el Reino. Pero el hombre soberbio y sin fe apurará las penas del infierno por
toda la eternidad.
El
hermano Isaías prosiguió en este tono. Cuando su oratoria pareció fatigarse, se
clavó de hinojos en un reclinatorio y oró. Cien gargantas entonaron salmos. Los
cánticos de alabanza fueron subiendo de timbre, hasta repercutir en los muros.
El
hermano Isaías se incorporó. Su calva brillaba de sudor. Dramáticamente, avanzó
hacia una anciana sentada en una silla de ruedas, junto al primer banco. Sergio
se había fijado en ella: arrugada, diminuta, las inválidas piernas cubiertas
por una manta. El santón se inclinó y le impuso las manos. Conmocionada, la
mujer intentó ponerse en pie. Los salmos sonaban con tanta fuerza que Sergio no
oyó cómo el flash de su máquina se hacía añicos contra el suelo. Disparó entre
la multitud, justo cuando la anciana empezaba a caminar hacia el altar.
"¡Contemplad, incrédulos, la voluntad del Señor!", tronaba el hermano
Isaías. "¡El Dios Padre ha querido que nuestra hermana Margarita vuelva a
caminar! ¡Todopoderoso sea el Señor!"
El
becario concluyó su reportaje a las once de la noche. Las fotos eran oscuras,
pero se apreciaba el prodigio. Vázquez de Luco le preguntó si había confirmado
la historia; Sergio le aseguró que Margarita, la mujer ungida, no se había
levantado de la silla de ruedas en los últimos diez años. Esa información se la
había proporcionado el hermano Antonio, pero no lo mencionó. El subdirector lo
escrutó durante unos segundos que a Doménech le parecieron eternos. Dibujando
una sonrisa de galápago, Vázquez de Luco destapó la estilográfica y disolvió
con ironía la excesiva solemnidad del texto. Iba a publicarse a toda plana, con
llamada en primera y el nombre de Sergio Doménech en negritas, centrado bajo el
titular.
Sergio
no pudo dormir. Compró un ejemplar en cuanto abrieron los quioscos. En la
redacción fue felicitado por el propio director. Cuando ocupó su mesa de local
estaba en una nube. Ojeó la tarea asignada por Lecuona: esquelas, anuncios,
horarios de las farmacias de guardia. "Esto es impropio de mi
talento", pensó, imaginando que en breve lo pasarían a la sección de
reporteros. De golpe, su mirada se detuvo en el parte emitido por la Jefatura
de Policía: "A última hora de la tarde de ayer, agentes de la Comisaría
Central procedieron a detener, bajo acusación de estafa, robo y abusos sexuales
a menores, a Isaías L. C., de 54 años de edad, natural de Argenta. Dicho
individuo se hacía pasar por el líder mesiánico de una secta clandestina,
"Hijos de Yahvé", a cuyos confiados miembros extorsionaba por
distintos métodos..."
Como
quien acaba de recibir una sentencia inapelable, el becario cogió la nota
policial con la pinza de sus dedos y, mortalmente pálido, atravesó la sala de
redacción hacia la mesa de Lecuona.
Relato
publicado en El Periódico de Catalunya